martes 18 de noviembre de 2008

No se, no me importa

Tal vez una de los mayores obstáculos a mi ascenso a la categoría de bombeta nacional, es que no tengo respuestas ensayadas, no poseo un guión que me “salve la tanda” ante el acoso revoloteador del reporterillo de "farándula". (Se publicó anteriormente un post sobre el origen de esta palabreja, ver "De profesión farandulero")
Puede ser esto precisamente lo que transfigura a los civiles en civiles, el barniz que disuelve las facciones de nosotros los genéricos, y nos endilga el epíteto de “maes”, a todos y cada unos de los dignos representantes masculinos de nuestra especie que no salimos en tele. Pero atención, la verdad, no es que me queje, puesto que mi condición de genérico deambulante me confiere el derecho universal a profesar mi religión favorita: la indiferencia, fe inmortal sostenida por sus dos sempiternos pilares: “no sé, no me importa”.
Existen tantas cosas que no me importan, que ignoro y tolero con un complaciente descaro, simple y sencillamente, porque nadie me lo pregunta.
Me sirvo de estas líneas para hacer un llamado unívoco, en favor de la ignorancia o en su defecto la indiferencia, para que estas pequeñas reglas de urbanidad sean acogidas, so pena de muerte, por taxistas cacatúas y peluqueros parlanchines (aunque taxonómicamente la denominación debería ser a la inversa). Deseo un silencio a prueba de balas entre mi punto de salida y mi destino, deseo con extrema vehemencia un mutismo de campeonato mientras me someto sumiso al aguacero de mis propios cabellos.
Desearía poder proyectar a voluntad, en mi frente, los sempiternos pilares ante las ráfagas inquisidoras de cualquier impertinente que desee conocerme a fondo sin mi previo concentimiento.
¿Es necesario tener una opinión sobre todas las minucias que no constituyen la arquitectura de lo que llamo mi vida?, ¿me es útil tener un color favorito, no soportar la mentira, ser pícaro o tímido, desear la paz del mundo, acabar con la hambruna mundial y salvar a las ballenas?
NS/NR.