La soda y cafetería El Parque luce como un sitio predilecto para las astucias. Apenas y sumo dos sesiones de medio pinto con huevo picado y sin embargo ya tengo varios minutos de risa contenida y estupefacción. Lo que sobra siempre, y sobre todo en este país, son borrachos (digo…). Ambas sesiones de desayuno típico estuvieron salpicadas con la escandalosa presencia de eximios bebedores. La paranoia, alimentada por la temprana campaña política de Berrocal, en un principio, me arrojó a los linderos de curiosidades equívocas y me hizo pensar que aquel par de tipos que vi en mi primera sesión eran verdaderos justicieros pagados a sueldo. La brusca gesticulación facial de uno de los presuntos sicarios me hizo sospechar, además, que aquellos sujetos utilizaban su nariz bajo modalidades muy heterodoxas. Eran las 8 de la mañana de un martes cualquiera y yo me encaminaba a la oficina. Miré de manera tan persistente a uno de ellos que acabé por despertar ciertas sospechas, lo cual, básteme añadir, me obligó a pagar la cuenta casi de inmediato. A la semana siguiente regresé a desayunar y me topé con una escena que, más que suspicacias, despertaba hilaridad. Un gordo colosal y despeinado, acompañado de una muchachita morena, bebía una imperial a las 8 de la mañana. Sobra decir que el rostro de ese sujeto transmitía el más profundo dolor que jamás haya visto. No quiero exagerar. Completamente abotagado por el exceso de alcohol y con una iridiscencia ocular que sugería severas anomalías hepáticas, el hombre que se sentaba en la mesa 7 poseía, además, una voz brutalmente ruidosa. No era tarea difícil, en tal caso, escuchar y dar cuenta de las calamidades de su vida. Lucía una camisa polo color amarilla y unos pantalones manganos que le hacían ver excepcionalmente ridículo. Al tiempo que llegaba mi gallo pinto con huevos revueltos, el hombre de dimensiones escandalosas se aproximó a la mesera y se dirigió a ella: “reinita, ¿de casualidad usted tiene por ahí gotas amargas?”. La señora respondió afirmativamente y depositó el milagroso líquido etiquetado con Hombre Grande en una medida de
martes 9 de diciembre de 2008
Recordando la Cultura del Guaro de Carlos Freer
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