martes 9 de diciembre de 2008

Recordando la Cultura del Guaro de Carlos Freer

La soda y cafetería El Parque luce como un sitio predilecto para las astucias. Apenas y sumo dos sesiones de medio pinto con huevo picado y sin embargo ya tengo varios minutos de risa contenida y estupefacción. Lo que sobra siempre, y sobre todo en este país, son borrachos (digo…). Ambas sesiones de desayuno típico estuvieron salpicadas con la escandalosa presencia de eximios bebedores. La paranoia, alimentada por la temprana campaña política de Berrocal, en un principio, me arrojó a los linderos de curiosidades equívocas y me hizo pensar que aquel par de tipos que vi en mi primera sesión eran verdaderos justicieros pagados a sueldo. La brusca gesticulación facial de uno de los presuntos sicarios me hizo sospechar, además, que aquellos sujetos utilizaban su nariz bajo modalidades muy heterodoxas. Eran las 8 de la mañana de un martes cualquiera y yo me encaminaba a la oficina. Miré de manera tan persistente a uno de ellos que acabé por despertar ciertas sospechas, lo cual, básteme añadir, me obligó a pagar la cuenta casi de inmediato. A la semana siguiente regresé a desayunar y me topé con una escena que, más que suspicacias, despertaba hilaridad. Un gordo colosal y despeinado, acompañado de una muchachita morena, bebía una imperial a las 8 de la mañana. Sobra decir que el rostro de ese sujeto transmitía el más profundo dolor que jamás haya visto. No quiero exagerar. Completamente abotagado por el exceso de alcohol y con una iridiscencia ocular que sugería severas anomalías hepáticas, el hombre que se sentaba en la mesa 7 poseía, además, una voz brutalmente ruidosa. No era tarea difícil, en tal caso, escuchar y dar cuenta de las calamidades de su vida. Lucía una camisa polo color amarilla y unos pantalones manganos que le hacían ver excepcionalmente ridículo. Al tiempo que llegaba mi gallo pinto con huevos revueltos, el hombre de dimensiones escandalosas se aproximó a la mesera y se dirigió a ella: “reinita, ¿de casualidad usted tiene por ahí gotas amargas?”. La señora respondió afirmativamente y depositó el milagroso líquido etiquetado con Hombre Grande en una medida de 2 onzas. El hombre la tragó como una bestia. Luego le ordenó otra cerveza “prensada” con J&B y se encaminó hacia su mesa. Sin hallarse, estrictamente, en estado etílico, aquella masa de carne con bigote vociferaba y despotricaba contra un tal Amado que, según decía, le había estafado con un negocio de pólvora. La mujer, por su parte, era recatada en sus usos, más no así en su dieta. No me atrevería a apostar quién de ellos corría más riesgo: si el gordo o la mujer. Baste con decir que la señorita (por demás está puesto en entredicho su “señoritazgo”) había desayunado cerca de tres piezas de pollo frito y un plato de nachos. Después de un rato caminé por el Paseo Unión Europea (se dijera casi cosmopolita) y vi cantinas atestadas de hombres y mujeres. Hace un año se había hecho frecuente toparme con una pandilla de indigentes que me esperaba, rigurosamente, en la esquina del Parque La Merced para recibir de mis manos los restos de una pipa (resultado de una costumbre que aún conservo de beber agua de pipa diariamente). Habían desarrollado un procedimiento muy eficaz para extraer el coco y para compartirlo entre los miserables comensales. A más de 30 años desde que Carlos Freer dirigiera La cultura del guaro se me ocurre que la evocación no es del todo inoportuna. ¿Qué se puede hacer si no emborracharse en un país como este? ¿Y si no te emborrachás que podés hacer sino convertirte a cristo? Quizás no existe un sitio donde el fatalismo sea tan reiterado como en este país. Y me vale un cojón si a alguien le parece aburrido o peregrino lo que escribo. Quienes me conocen saben que esta diatriba no va contra el alcohol (por el contrario) sino contra la cultura que se construye en torno a éste. Desde el Club Unión o el esnobismo que hace de los epígonos ganadores de bienales, hasta los nicas naufragando con todo y aguinaldo en el Bar La Sustancia. Desde Tragaldabas hasta los más fantasmagóricos centros de reunión de mi provincia. Cuando veo ese gordo colosal pienso en mi país y pienso cómo se parece a un gordo colosal que come chicharrones y desengoma un martes en la mañana. Mi país como se parece a un naufragio de higos.