martes 23 de septiembre de 2008

Fray Sestaisen

jueves 18 de septiembre de 2008

El Patoesfínter

No es difícil establecer una relación directa entre la eterna carita de sorpresa del esfínter humano (llámese culo, corrientemente), y su función explícita: expeler caca, (llámese mierda, corrientemente). Es decir, si nos damos a la tarea de imaginar una repartición dramatizada de funciones corporales, podemos comprender la reacción facial del citado punto final del aparato excretor: “entonces, culo, ¿se encuentra el culo?”, “¡Presente señor!, -respondió el culo presto (que no es lo mismo que puesto, aunque a veces también se presta), ok, a vos te va a tocar ammm, emmm, pues, cagar.
-¿Queeee??? , protestó el culo indignado, eso me pasa por llegar tarde. Por supuesto las risitas burlonas de las demás funciones corporales y glándulas aledañas no se hicieron esperar.
Desde entonces el esfínter aun no sale de su asombro, ante tan poco decorosa función, se siente venido a menos, se siente menospreciado, se siente hecho…mierda.
Debido a esto y para subirle la autoestima a nuestro triste personaje (o acaso para no exponerlo a la chanza y humillación pública), el mismo ha sido encapsulado en un estuche de lujo: las nalgas, las cuales, irónicamente y pese a la peligrosa cercanía de su sorprendido vecino, son objeto de reverencia y veneración, es más, elevan a su tímido inquilino a la categoría de estrella internacional o local.
Está de más decir que unas nalgas torneadas, firmes, tonificadas, y merecedoras de cualquier otro adjetivo de esos que revolotean entre los ya tan familiares comerciales de maquinas de ejercicios; tienen la propiedad de conferir a cualquier hija de vecino en una “sex symbol’ de barrio, una legítima beldad de barriada, un tremebundo trofeo de carnoso abolengo. Si añadimos un semi-tortuoso paso por programas de concursos, paginillas de sociales de fin de semana y alguno que otro duelo a balazos entre encendidos pretendientes, tenemos la receta para el estrellato a nivel nacional (aquí cabe señalar que la palabra estrellato, resulta totalmente intercambiable por bombetez, se le ofrecen al lector las dos opciones para su gusto personal, favor utilizarlas responsablemente).
Devolviendo el discurso a ritmo de aleteo de gallina (de esos que nunca levantan vuelo) como el que devuelve un pedo inoportuno a las cavidades intestinales, mediante la milagrosa acción de apretar el esfínter, se me hace imposible no hacer notar la“enhiestez” de un trasero en la plenitud de sus facultades estéticas, mediante la oportuna comparación del mismo con el trasero de un patito. Ahora, el hacer notar la hermosura de un trasero humano mediante la contraposición de un trasero aviar, podría sugerir una alarmante predisposición hacia la zoofilia, pero francamente, me vale un cul*.

martes 9 de septiembre de 2008

Peligrosísimo!!


Las autoridades levantan a partir de hoy la voz de alerta ante el inminente arribo del huracán ¨Pat¨ a tierra nacional. Su llegada puede provocar estragos tanto los días previos y ni qué decir cuando por fin toque suelo patrio.
Se recomienda abastecerse de bebidas post-mica, Tribulis y Hepatipro en abundancia además de agua de pipa y té de manzanilla.
Estaremos informando ante cualquier acontecimiento.
Repetimos, peligrosísimo, tome las precauciones!

sábado 6 de septiembre de 2008

De patadas y otras exquisiteces de la vida

Las patadas deben ser (me refiero no al acto propio de patear sino a la patada sustantiva) algo viscoso, como una mala palabra (una de esas que son bien malas como los dictadores). No creo que sea del todo ocioso dispensarle cierto grado de atención algo tan familiar como las patadas. A mí, en lo personal, me han dado de patadas toda la vida. Y más allá de la ostensible firmeza de tales situaciones, quisiera, ante todo, reiterar que en mi opinión son viscosas como una mala palabra. No quiero parecer melodramático de cualquier manera. Hay patadas exquisitas y si se quiere dulces. Incluso las hay felices. Me refiero a esas patadas certeras que atinaban en la tibia enemiga de algún compañero de escuela. Me refiero, pues, a esas patadas que el esnobismo ha dado en llamar puntapié. A mí me han pateado en todas partes y a toda hora. O me han dado puntapiés, que de un modo o de otro es lo mismo. Me han pateado en los testículos y también en las axilas. Aunque sé que no volverá a suceder jamás (amenos que intenté ingresar en la logia masónica), debo confesar que también me han pateado la lonchera. A menudo los jueves de 2 x 1 en Casa Vieja era víctima de tales agresiones. También los viernes en el Bar México, aunque ese establecimiento era menos propenso a tan desafortunadas bienvenidas. Había algunos en los que recibías un puntapié en la lonchera (como en el Hotel Costa Rica) y otros en los que se recibía una patada (como en el Bar La Nave). Pero había otros bares en los que nunca se recibía patadas. Pienso en El Cóndor, en la Soda (Bar El Guarco) o en El Muellecito (donde principió un primer periplo a bordo de la tristemente célebre Chirihuahua). De todos esos bares vacunados de patadas, el más amoroso, sin duda alguna, fue el extinto Rancho Grande. Tocayo de mi padre, Gerardo ofrecía tragos de guaro acompañados con morcilla a 65 colones (cuando corría el año 97, claro está), sin que mediara el menor asomo de patadas ni mucho menos puntapiés. No era raro ver salir a este servidor y a sus compañeros en estado etílico grave. Y sin embargo, más allá de la bondad del Rancho Grande, desde aquellos tiempos ya empezaba a sentir que las patadas eran algo viscoso. Cuando dejé de ser joven y empecé a comportarme como un auténtico pederasta aparecieron otro tipo de patadas menos simpáticas: cuando te patean la cédula. Recuerdo que la primera vez que experimenté esa horrible sensación, mezcla de agravio e impotencia, estaba acompañado de Pablo. Era una noche de esas en las que nada se atreve a pasar y en las que el año 2005 parecía una injuria dulce. Subimos hasta el lugar donde estaba el Café Apolo, sitio frecuentado por colegialas, célebre por el favor de dispensar licor furtivamente. Llegamos hasta el dichoso café-bar y yo ordené sendas imperiales. A pesar de que un grupo de chicos bebía licor de manera nada discreta, los encargados me respondieron que en aquel lugar no se expendía bebidas alcohólicas. Esa fue la primera vez que me patearon la cédula. Luego transcurrió el tiempo y me patearon toda clase de cosas (excepto loncheras naturalmente). hace unos días un par de señoritas se sentaron junto a mí en la barra de un bar. Intercambiamos miradas y arriesgadamente respondí a una de sus preguntas: are you waiting for someone?... a simple vista un acto en sí mismo fútil. Sin embargo, tratándose de un angloparlante tan mezquino, la situación fue tensa. Una de las chicas, pese a mi pésimo inglés, correspondió a mis bromas con hermosas sonrisas. Cuando llegó la pregunta de rigor (where are you from?) sobrevino lo que sobrevino: la tipa era israelita y yo costarricense. No soy antisemita (menos cuando tiene que ver con mujeres, no acostumbro pedir visa para bajarme los pantalones) no obstante la tipa se desfiguró al escuchar que el tipo a quien se había dirigido era un centralamerican. En ese momento sentí que me pateaban los escapularios, los rosarios de mi madre, mi primera comunión, mi pasaporte, mi nacionalidad, mi ateísmo, mi antiimperialismo… Las patadas son algo viscoso, como una mala palabra o como un nacionalidad.