martes 14 de abril de 2009

Charlton Heston tenía razon

Aquél fue el día en que la Bailasucio decidió transmutarse en cuerpo celeste, esa noche el hoyo negro de sus caderas engullió inmisericorde toda mirada libidinosomasculina, se apropió de todas y cada una de ellas, y curtiólas en pequeñas escamas con las que se prodigó una resbalosa armadura de pescado recién sacado del agua.
Ya armada con su blindaje oleaginoso, la Bailasucio se trabó en mortal batalla contra un par de piernas masculinas, las cuales esperaban desesperadamente una justa recompensa para su cada vez más enhiesto huésped, Aquel par de bailadores con cada movimiento espasmódico de cintura nos convertía en testigos de un flagrante dime y direte genital, un diálogo a vivas voces y así, frotador y frotada sirvieron de preámbulo para librar toda la noche una guerra de guerrillas basada en rozamientos.
Fue así que la entrepierna de la Bailasucio comenzó a destilar el más intoxicante y feromonoso de los perfumes jamás esnifados por cualquier ser viviente, esto por supuesto gracias a la inquieta rodilla cómodamente instalada entre las extremidades inferiores más deseadas de aquel vaporoso recinto… un perfume tal, que sacó a los cangrejos ermitaños de la playa cercana, de la seguridad alquilada de sus latas de cerveza…un perfume tal, que hizo a las ballenas maldecir a la evolución y su genial idea de amputarles las piernas…, un perfume tal que entre la pequeña eternidad de un pestañeo y el deglutir un trago de ron con coca desde la garganta hasta el estómago, me golpeó con la fuerza epifánica equivalente a aquella primera masturbación: He aquí que fui testigo del autodescubrimiento del primate lampiño.
De repente me encontré franqueado por una especie indeterminada de primates lampiños, enzarzados en una orgiástica danza de pre-apareamiento grupal. Aquella calurosa noche presagiaba una frenética avalancha de cruzas, ya más de una futura cría estaba tramitando su salida del Limbo, y yo, debido a la apremiante carencia de mona en medio de la tormenta genital en ciernes, me sumí a regañadientes en racionalísimos pensamientos: el espectáculo de cuerpos y cuerpecillos en rítmicas convulsiones pélvicas me hizo recordar una y mil veces el pozo de los monos del Bolívar, casualmente, o de haber tenido un banano en mi poder, hubiera sentido un irrefrenable deseo de lanzarlo en plena mitad de la pista. Que tan simiesco es el comportamiento del primate lampiño obedece a una concienzuda y analítica observación, algo casi imposible de lograr debido a una inobjetable pertenencia a la particular especie de primate anteriormente mencionada, de esta manera, son extremadamente escasos los momentos en los que debido a algún desfase evolutivo, podemos desviarnos de la autopista arborícola y contemplar el camino que en millones de años no hemos recorrido: Millones y millones años de evolución solamente nos han otorgados brazos sin pelo y pulgares oponibles.
Al tiempo que balanceaba grácilmente un trago entre mi aterciopelada cola y la atestada pista de baile, le lancé una mirada de resignación y calentura a la Bailasucio, y me di cuenta, me di cuenta de que…ah la puta, me subí de nuevo al árbol y ni me dí cuenta.