lunes 18 de mayo de 2009

A Benedetti


Hoy la cosa está como una sílaba triste. Y cuando digo la cosa me refiero a la cosa en su acepción más amplia. Me refiero a la totalidad de lo que muchos latinoamericanos (jóvenes de casi 30) consideramos realidad. Me refiero, pues, a muchos de esos ingenuos latinoamericanos que teníamos poco más de 15 en 1997. Los que estábamos en primaria para el Quinto Centenario y los que no supimos mucho de la guerra en los Balcanes. Se trata entonces de ese espectro de la población que, a lo mejor, difiere de Jaques Derridá y considera la Guerra del Golfo como un episodio plausible. Sujetos típicos que alguna vez tararearon en el baño aquello de que “la era está pariendo un corazón, no puede más, se muere de dolor”. Acaso caminaron en la madrugada pensando de verdad que “una mujer querida o vislumbrada desbarata por una vez la muerte”. O quizás remozaron el viejo abrigo del abuelo para bailar ska. Aunque Benedetti fuera una especie de precursor de fantasmas amistosos hoy el alba llegó medio cruda. Hace un tiempo pensé que la inflación era una concesión que los economistas hacían a los nostálgicos, porque no hay mejor manera de computar el tiempo que inventariando monedas extintas. Hablo de la angustia que provoca la fuga de ciertas cosas. Los dígitos de esos otros precios que ya no están. Los de las cervezas del bar donde fuiste en el colegio o las cuerdas de guitarra para improvisados ensayos. Las cuentas de un taxi iluminado por la luz de esa otra muchacha. Por eso debemos agradecer a los economistas ciertas facilidades en el ejercicio de la nostalgia. Y quizás hoy el día es más propicio para tales pasatiempos. Porque alguien tenía razón y el mundo es similar a un ala rota. Aunque ignoro qué feliz mecanismo operaba en esos viejos tramposos y optimistas que siguieron creyendo en las letras mayúsculas incluso después de la picota e incluso después de que Peñarol ganara a Nacional. Su oficio era muy semejante al de los carbuncos, que son como gotas de sol. Y también era semejante al de los cirqueros. Pero no vamos a hablar acá de las huellas dactilares impregnadas de carboncillo ni de esa filatelia de la tristeza. Hoy la cosa está como una sílaba triste. Y a algunas canciones les amputaron la letra. Hay quienes dicen que es mejor hacer silencio. Digamos, pues, que murió de Luz y no de un problema intestinal.