“¿Qué porqué te quiero?, son mil cosas a la vez, es estar contigo es buscar tu abrigo, es un no se qué”.
Al valiente que se atreva a repetir tres veces esta frase frente a un televisor de perilla, blandiendo un cepillo eléctrico en su mano derecha; enquistado el tiempo en un ominoso mediodía de cualquier entre semana, mientras el fresco de mora borbotea pacientemente en la cocina…
Al valiente que conjure al Espíritu de Las Telenovelas Pasadas y logre desenterrar al mismo de su vetusto féretro de Topacio y Esmeralda, será visitado tres noches después por la arrulladora voz del mismisímo Carlos Mata* enfundado en una autoritaria bata de médico cirujano, quien, armado de un dedo acusador y una mueca de desaprobación silente señalará al invocador temeroso y le espetará la siguiente sentencia: “serás galán de telenovelas”.
Perteneciente a una milenaria estirpe de domadores de serpientes, el galán de telenovela es un aspirante a camaleón que ensaya una y otra vez el mismo papel calzando las botas escamadas del médico y del arquitecto, profesiones que a fuerza de repetición matutina deben hacernos creer que le endilgan el epíteto de “galán” a un mortal con un nombre sonoramente largo, en donde incluso su profesión es parte vital del abolengo que corona su nombre (el arquitecto…., el doctor….).
Tal parece que para llevar a buen puerto la travesía de un culebrón es necesario ser médico o arquitecto, lo que aún no está claro es si el galán escogió esa carrera como requisito para graduarse de galán, o si es la carrera la que desemboca en un incontrolable alud de galanura, sea cual fuera el caso, el arquitecto José Enrique Campos Miranda (interpretado estupendamente por el talentosísimo Arturo Peniche, toda una institución en lo que respecta al histrionismo rosa) deslumbró (¿y a quién no?) a la inocente Morelia con su aureola de macho cabrío de mediana edad y sexys kilos de más, la química en pantalla era innegable y contagiosa: durante mucho tiempo he buscado sin éxito un amor sincero entre las nobles muchachas que emigran hacia la capital en pos de un futuro mejor ó, (y más dramático) huyendo de algún pasado tumultuoso. Si hay algo que las telenovelas nos enseñan es que el amor franqueará todo obstáculo ya sea ceguera repentina, locura temporal y obviamente una diferencia abisal de clases.
El galán de telenovela sabe muchísimas cosas, sabe que a la hora de realizar un monólogo mental debe mover graciosamente la cabeza hacia arriba y torcer la boca como si se hubiera lavado la boca con bosta de vaca. (Precisamente el día de ayer pude presenciar una clase magistral del Maestro Carlos Mata en pleno monólogo mental, antes de emprender la huida en motocicleta por los foros de Venevisión), sabe también que a la hora de apechugar una terrible noticia debe manejar el acercamiento dramático y la música de mal augurio con la cadencia de un bailarín de tango, (porque no es nada fácil asimilar que la madre de nuestros hijos resulta ser nuestra media hermana).
Ciertamente la ignoracia puede ser bendición, pero también puede conducir a actos abominables: el día de ayer, realicé fervorosamente la invocación al Espíritu de las Telenovelas Pasadas, al terminar el sacrosanto ritual caí en cuenta de mi blasfemia: aparecióseme el Maestro Carlos Mata, flanqueado por sus arcángeles Guillermo Capetillo y Guillermo Dávila, ambos con sendas expresiones reprobatorias. El Maestro sacudió su bata de médico con furia mientras me dirigió las siguientes palabras: ¡Réprobo, infiel, nunca serás galán de telenovelas, porque tu… (acercamiento dramático y música de mal augurio) tu no tienes segundo nombre!!!.
*Si el lector ignora quién es Carlos Mata favor evitar leer el texto desde las primeras comillas hasta el punto final.
Al valiente que se atreva a repetir tres veces esta frase frente a un televisor de perilla, blandiendo un cepillo eléctrico en su mano derecha; enquistado el tiempo en un ominoso mediodía de cualquier entre semana, mientras el fresco de mora borbotea pacientemente en la cocina…
Al valiente que conjure al Espíritu de Las Telenovelas Pasadas y logre desenterrar al mismo de su vetusto féretro de Topacio y Esmeralda, será visitado tres noches después por la arrulladora voz del mismisímo Carlos Mata* enfundado en una autoritaria bata de médico cirujano, quien, armado de un dedo acusador y una mueca de desaprobación silente señalará al invocador temeroso y le espetará la siguiente sentencia: “serás galán de telenovelas”.
Perteneciente a una milenaria estirpe de domadores de serpientes, el galán de telenovela es un aspirante a camaleón que ensaya una y otra vez el mismo papel calzando las botas escamadas del médico y del arquitecto, profesiones que a fuerza de repetición matutina deben hacernos creer que le endilgan el epíteto de “galán” a un mortal con un nombre sonoramente largo, en donde incluso su profesión es parte vital del abolengo que corona su nombre (el arquitecto…., el doctor….).
Tal parece que para llevar a buen puerto la travesía de un culebrón es necesario ser médico o arquitecto, lo que aún no está claro es si el galán escogió esa carrera como requisito para graduarse de galán, o si es la carrera la que desemboca en un incontrolable alud de galanura, sea cual fuera el caso, el arquitecto José Enrique Campos Miranda (interpretado estupendamente por el talentosísimo Arturo Peniche, toda una institución en lo que respecta al histrionismo rosa) deslumbró (¿y a quién no?) a la inocente Morelia con su aureola de macho cabrío de mediana edad y sexys kilos de más, la química en pantalla era innegable y contagiosa: durante mucho tiempo he buscado sin éxito un amor sincero entre las nobles muchachas que emigran hacia la capital en pos de un futuro mejor ó, (y más dramático) huyendo de algún pasado tumultuoso. Si hay algo que las telenovelas nos enseñan es que el amor franqueará todo obstáculo ya sea ceguera repentina, locura temporal y obviamente una diferencia abisal de clases.
El galán de telenovela sabe muchísimas cosas, sabe que a la hora de realizar un monólogo mental debe mover graciosamente la cabeza hacia arriba y torcer la boca como si se hubiera lavado la boca con bosta de vaca. (Precisamente el día de ayer pude presenciar una clase magistral del Maestro Carlos Mata en pleno monólogo mental, antes de emprender la huida en motocicleta por los foros de Venevisión), sabe también que a la hora de apechugar una terrible noticia debe manejar el acercamiento dramático y la música de mal augurio con la cadencia de un bailarín de tango, (porque no es nada fácil asimilar que la madre de nuestros hijos resulta ser nuestra media hermana).
Ciertamente la ignoracia puede ser bendición, pero también puede conducir a actos abominables: el día de ayer, realicé fervorosamente la invocación al Espíritu de las Telenovelas Pasadas, al terminar el sacrosanto ritual caí en cuenta de mi blasfemia: aparecióseme el Maestro Carlos Mata, flanqueado por sus arcángeles Guillermo Capetillo y Guillermo Dávila, ambos con sendas expresiones reprobatorias. El Maestro sacudió su bata de médico con furia mientras me dirigió las siguientes palabras: ¡Réprobo, infiel, nunca serás galán de telenovelas, porque tu… (acercamiento dramático y música de mal augurio) tu no tienes segundo nombre!!!.
*Si el lector ignora quién es Carlos Mata favor evitar leer el texto desde las primeras comillas hasta el punto final.
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