No quiero abonar insumos a la industria de los apocalípticos. Ya tuve suficiente anoche. Estamos de acuerdo en que ayer el país decidió dos cosas: que la derecha gobernaría a sus anchas y que el único partido (no minoritario) que escapaba al control de la oligarquía se iría al carajo. Ahora queda esperar que la prensa internacional celebre el hecho de que en Costa Rica una mujer es quien preside el poder ejecutivo y que doña Luara Chinchilla repita fichas del actual gabinete, conforme a los designios del poderoso grupito que representan los Arias. Ayer se reveló, además, que este país es tan mezquino que ni siquiera los devaneos sinárquicos tienen asidero. Los resultados de las elecciones demuestran que las encuestas atinaron, independientemente de cuán transparente fuera este proceso. Si alguien lee las encuestas de La Nación y las coteja (como hiciera picaramente Ottón Solís con las crifras anteriores) con los resultados oficiales del TSE jamás se atrevería a pensar que existía una conspiración tras bastidores. CID Gallup y UNIMER y DEMOSCOPIA ganaron también. Pero como los caprichos de la dialéctica son a veces tan infortuniosos no podemos hablar de ganadores sin aludir, si quiera marginalmente, a los que corrieron distinta suerte. Pareciera que el perdedor por anotonomasia es el PAC. No tengo duda. Y con el PAC perdieron miles de costarricenses honestos que ahora ven cómo zozobra el trabajo de una década. Y si fuera posible atribuirle facultades subjetivizantes al poder y al capital diríamos que con esto ganó el poder y el capital. La convocatoria ciudadana fue habilmente sustituída por el chantaje. Y los medios de comunicación tradicionales (basicamente REPRETEL, La Nación y Canal 7) se la agenciaron de manera muy efectiva. La matriz de sentido inconclusa que los medios construyen tiene una única solución: la función estereotipante. Eso explica por qué una vez un taxista nos dijo a R y a mí que nunca votaría por Ottón Solís porque este era “el comunista más grande del país”. La matriz de sentido es inconclusa porque los medios nunca articulan absolutamente ese discurso. Lo dejan abierto como un rompezabezas de sentido al que le falta una única pieza: el estreotipo. Los medios tradicionales ganaron porque ellos siempre apuestan a ganar. Y ahí está Óscar Arias y su ya reconocida capacidad para realizar cálculos políticos acertados. En algún momento del proceso electoral consideré que disponer de Laura Chinchilla como la luminosa elegida representaba un gran riesgo, sobre todo por su palmaria inpetitud. Me equivoqué como siempre. Fue una audaz movida. Tras el erosivo asunto del memorandum el oficialismo se quedó sin candidato. Ninguno de los integrantes del gabinete estaba lo minimamente limpio ni tenía suficiente carisma para seducir al electorado. Laura Chinchilla, por el contrario, tenía un expediente intachable, tenía una identidad socioeconómica intimamente asociada a la de los oligarcas y era lo necesariamente dócil como para atender las exigencias del grupito que representan los Arias. Óscar Arias supo leer en la elección de Laura Chinchilla la analogía de Edgar Silva: un varón que es lo suficientemente femenino como para que las amas de casa de clase media se reconozcan en él pero lo suficientemente masculino como para que le obedezcan. Jugando al todo por el todo Arias no pudo evitar el surgimiento de otro perdedor. Se trata, digamos, de un daño colateral. Tras su mandato, la imagen de la institucionalidad costarricense quedó altamente cuestionada. Pero eso será un asunto del que se ocuparán más tarde. Y Ottón Solís será el Carlos Manuel Castillo del siglo XXI.
lunes 8 de febrero de 2010
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